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Dime qué grasa tienes y te diré qué riesgo padeces

Durante décadas nos hemos enfocado en el peso de las personas y en su relación con la altura, el índice de masa corporal, para dar cierto pronóstico de salud. Por suerte o por desgracia estábamos equivocados.

Mucho más importante que el peso de una persona es la distribución de su grasa corporal. Esta va a estar mediada por factores que van mucho más allá de contar calorías. El estilo de vida sedentario, el estrés, la hiper-industrialización de la alimentación, el exceso de consumo de carne, de azúcar… nos han llevado a algo más que reservar energía y aumentar de peso.

Tenemos dos tipos de tejidos grasos: un tejido adiposo subcutáneo (TAS) y un tejido adiposo visceral (TAV). El TAS actúa como “despensa” del organismo. Si ingerimos más calorías de las que gastamos a lo largo del día, los adipocitos se encargan de guardar el excedente para posibles momentos de déficit. Es una estrategia básica de supervivencia de cualquier mamífero. El TAV, por el contrario, no es un reservorio sin más, es consecuencia de muchos otros factores: inflamación crónica, resistencia a la insulina, estrés, disbiosis intestinal, exceso de grasa hepática, toxicidad por medicamentos, tabaco y alcohol… En definitiva, no depende tanto de las calorías sino del estilo de vida en general.
El tejido adiposo visceral, es el que se encuentra en el interior del abdomen, junto a los órganos como hígado, estómago, corazón, etc. Esta grasa pretende ser un “air-bag natural” de estos órganos vitales, pero cuando este tejido se engrosa e inflama por los efectos nocivos de nuestros hábitos, inevitablemente afecta al funcionamiento de nuestro sistema endocrino, digestivo y a nuestro aparato cardiovascular.

El TAS se acumula bajo nuestra piel, por encima de los músculos. Se reparte bien por todo el cuerpo, y aunque su exceso puede resultar poco estético y a largo plazo también trae problemas, sobre todo articulares, no es el peor enemigo.

La grasa visceral es la que debería empezar a llevarse toda nuestra atención, pues es la que conlleva el desarrollo de diabetes, aumento de presión sanguínea, riesgo de accidente cardiovascular, dislipemias…

Para conocer nuestro TAV existen tecnologías como la tomografía axial computarizada o la resonancia nuclear magnética. El problema de estas técnicas es que son caras y conllevan radiación. Algo mucho más simple es vigilar el índice de cintura-cadera (ICC) que relaciona el perímetro de la cintura y la cadera con los niveles de grasa interabdominal. Otra herramienta útil más sencilla es la bioimpedancia, una especie de báscula que, mediante una corriente eléctrica débil, mide la cantidad de grasa de nuestro cuerpo.

Acudir a un dietista-nutricionista nos ayudará a calcular e interpretar todos estos parámetros y, además, obtendremos los consejos necesarios para mejorar nuestros hábitos alimentarios y de salud.


¿CÓMO PREVENIR LA GRASA VISCERAL?

¿QUÉ PASA SI YA TENEMOS UN EXCESO DE GRASA VISCERAL?

Que no cunda el pánico. Además de corregir los hábitos nocivos, hay plantas que pueden ayudar a proteger tus órganos y, con una buena alimentación, llegar a revertir los problemas:
Los drenantes hepáticos como la alcachofa, el boldo o el cardo mariano son estupendos detoxificadores de hígado.
Ciertos componentes de la melisa se ha comprobado que son útiles para evitar la proliferación de este tipo de tejido adiposo.
Y las últimas evidencias nos dicen que mantener en buen estado la microbiota intestinal es clave a la hora de contrarrestar los efectos de la inflamación crónica que supone el exceso de grasa visceral.

 




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